Queremos controlar lo incontrolable?

Es difícil aceptar una realidad: tenemos algún control sobre lo que sucede en nuestra mente y casi ninguno sobre lo que ocurre en la de otros, incluso cuando esto genera adversidades. Pero ¿cuántas veces pretendemos controlarlo todo, incluido el actuar de los demás?

Un jefe en problemas actúa así: impone comportamientos, invade la autodeterminación ajena, carece de sabiduría en el trato con su equipo e inspira más miedo que voluntad. Confunde personas con marionetas y resultados inmediatos con logros sostenibles.  El líder, su conciencia le permite mantener la tranquilidad para reconocer sus límites frente a los demás; mira en sí mismo lo que puede transformar para incidir en la realidad externa y se esfuerza más por interpretar que por controlar. Como expresó Epicteto: «No son las cosas que nos pasan las que nos dañan, sino nuestra propia opinión sobre ellas».

En una empresa de alto desempeño, sus miembros se hacen cargo de sí mismos, actúan con libertad y asumen responsabilidad por su rol. Han acordado qué controlan, qué no y qué gestionan en conjunto. Ni siquiera el jefe culpa por lo que el equipo no puede controlar.

Sin renunciar a la pasión por los resultados, en las empresas con culturas sólidas se enfatiza lo controlable: los procesos humanos y técnicos, la vivencia de sus propósitos y valores, la gestión del presente, la confrontación de hechos reales y la eficiencia en el aquí y ahora.

Cuando alguien trata de controlar lo que no le corresponde, le convendría, de nuevo, detenerse a escuchar a Epicteto: «Si un niño mete la mano en una vasija de higos y toma un gran puñado, no podrá sacarla y llorará. Si suelta algunos, podrá retirarla y disfrutarlos».

Articulo original de German Retana