El perdón mal entendido

“Recientemente, al visitar una organización donde años atrás serví como Gerente Financiero, me topé con un fantasma del pasado: un colaborador que había sido despedido con causa justa por estafar a clientes, hoy, vuelve a portar el uniforme de la casa”. 

Cuando una empresa recontrata a alguien que rompió el vínculo de confianza más sagrado (la honestidad ante el cliente), los valores colgados en la pared se convierten en “poesía barata”. Que mensaje se le envia a los colaboradores: “El fraude es tolerable si se deja pasar el tiempo suficiente”.  La cultura organizacional se erosiona. Los empleados honestos se sienten desmotivados al ver que la integridad no es un requisito indispensable para pertenecer a la empresa. 

Si un cliente que fue estafado en el pasado entra hoy a la empresa y ve al mismo vendedor, la relación comercial muere instantáneamente.  Recuperar la confianza de un cliente cuesta años; perderla toma un segundo. Recontratar al infractor es decirle al cliente que su seguridad no es prioridad para la empresa.

Cuando tienes a un lobo cuidando las ovejas, debes gastar más en sistemas de vigilancia, auditorías externas y controles cruzados. Ese es un gasto administrativo directo que se come el margen de utilidad.