“Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe. Cuando termine su trabajo y cumpla su objetivo, dirán: lo hicimos nosotros mismos.” — Lao Tzu.
Quise empezar la semana reflexionando alrededor de esta frase tan significativa. Muchas veces en las organizaciones quienes hemos tenido el honor de liderar personas menospreciamos el valor del ejemplo como arma de formación de equipos. Muchos lideres inician su gestión tratando de “dejar claro” que ellos son los que mandan, que se debe ser puntual y llegar temprano, pero nunca llegan a la hora e inician las reuniones con retraso sin tener la humildad de aceptar el atraso y disculparse por el mal uso del tiempo de las personas.
Ese tipo de actitudes a las que normalmente se les suma el trato poco empático y de “visión muy vertical”, es decir “yo soy quien manda y usted solo haga lo que le digo” generan en los colaboradores un apego estricto a su jornada de trabajo, poca disposición para dar la milla extra y deseos permanentes de estar “viendo para afuera”, es decir estar en una búsqueda permanente de revisión de opciones de trabajo. Este tipo de actitudes muchas veces son aprendidas y generan entonces una cultura de “sobrevivencia institucional”, generando un ambiente de trabajo de alta tensión, con una rotación probablemente alta con las consecuencias en la eficiencia organizacional, un círculo perverso sin duda. Los colaboradores tendrán un gran trauma el domingo por la noche cuando sientan “más cerca el lunes”.
La tarea del líder es llevar a la gente desde donde están hasta donde no han estado.” — Henry Kissinger, destacado político estadounidense con esta frase ilustra lo importante del ejemplo como herramienta de lograr el adecuado camino a la misión organizacional y haciendo brillar a nuestra gente, el gran propósito que encierra el liderazgo de personas