Había una vez un burro muy hambriento y super sediento que se encuentra en un gran dilema. Va por el camino y se encuentra a su izquierda, un montón de heno dorado y a su derecha, un cubo lleno de agua fresca. El animal está exactamente a medio camino entre ambos y no es capaz de decidir qué necesita más, si comer o tomar agua.
Esta paradoja esconde una profunda reflexión que ha intrigado a muchos pensadores durante siglos, esto es conocido como el “burro de Buridán” no se trata solo de una indecisión, se trata de cómo algo racional cuando se vuelve excesivo puede llevarnos a no hacer nada. En este cuento lo que parece lógico se convierte en un grave problema, porque mientras el burro se tarda en tomar una decisión muere de hambre y sed, aún teniendo todo lo que necesita para sobrevivir. ¿Cuántas veces nos encontramos en una situación similar?, cualquier cosa que necesite una decisión urgente se queda sin resolver y la vida no espera a que tomemos una decisión perfecta, cualquier decisión es mejor que ninguna.
Esta paradoja la vivimos en lo personal y lo sufren las empresas, una en particular que conozco, de gran impacto dentro de las instituciones de primera respuesta esta enfrentada a una coyuntura complicada pues algo que ha sido su fuente de ingresos principal está fuertemente amenazada, ¿¿pregúnteme que decisiones se han tomado en los órganos directivos?? Ninguna relevante, los colaboradores vinculados han entregado alma, vida y corazón, pero contrario a lo que diría Mercedes Sossa; nada cambia…nada cambia
Así que se debe de tomar una decisión y si uno se equivoca por lo menos se hará haciendo algo.
La vida es muy corta como para estar a la mitad de camino entre el heno y el agua.
Porque el heno se lo puede llevar el viento y el agua se evapora.